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España: del Ritz de Madrid al Bless Hotel
El hotel Ritz de Madrid lleva más de un siglo funcionando como algo más que un alojamiento de lujo: durante décadas fue morada habitual de la aristocracia europea, con normas tan estrictas que llegaron a vetar la entrada a actores. Una de las pocas excepciones fue Ava Gardner, que pasaba largas temporadas en el hotel pese a tener piso propio en la capital, huyendo de la tensa convivencia con su vecino, el general Perón. Su leyenda en el Ritz, avalada por el empresario Sinatra, sigue formando parte de la mitología del hotel.
Décadas después, el entrenador Javier Irureta protagonizó un fenómeno parecido en Galicia: durante los años en los que dirigió al Deportivo de La Coruña, hizo del Tryp María Pita (hoy Meliá María Pita) su residencia habitual, atraído por la comodidad de no tener que ocuparse de las tareas domésticas y por los vínculos que fue creando con el personal del hotel.
Ese mismo argumento —comodidad frente a gestión doméstica— es el que defendió durante años el diseñador Lorenzo Caprile, jurado de Maestros de la Costura, que vivió doce años en un hotel de la cadena NH cercano a la plaza de Alonso Martínez, en el barrio madrileño de Chamberí. Descubrió esta forma de vida por casualidad: se trasladó allí de forma temporal durante una reforma en su casa y le gustó tanto que se fue quedando hasta que, poco después de la pandemia, decidió mudarse a un piso que reformó en la calle Sagasta, según recoge La Vanguardia. Caprile ha explicado que no es nada casero, que pasa la mayor parte del tiempo en su taller o en la calle con amigos y familia, y que durante esos años le bastaba una habitación para dormir, ducharse y guardar sus cosas.

La habitación del hotel de Chamberí que Lorenzo Caprile personalizó durante los doce años que vivió allí · Imagen cedida por Cuatro
Durante esos doce años, Caprile no ocupó una suite, sino, según contó, «una habitación normal», que el hotel le permitió personalizar con estanterías repletas de libros, fotografías, estampas religiosas y hasta un busto de Cervantes. El diseñador defendía que la vida en el hotel le aportaba intimidad y silencio, además de las ventajas prácticas de no ocuparse de seguros, llaves o alarmas. El episodio que mejor resume esa etapa es el confinamiento por la pandemia, que recuerda como si hubiera vivido el hotel de El resplandor. Pasó semanas prácticamente solo en el establecimiento, teniendo que pedir permiso al recepcionista de guardia para acceder a la cocina y cocinar con la comida que había ido almacenando.
El colaborador televisivo Kiko Matamoros pasó por una experiencia parecida, aunque ya superada: tras su separación de Makoke en 2018, vivió una temporada en el Eurostars Madrid Tower, un cinco estrellas en la Plaza de Castilla, donde la habitación rondaba los 8.000 euros al mes, según Lecturas. Fue una solución transitoria y puntual, mientras reorganizaba su vida personal, distinta del modelo de vida a más largo plazo que representó Caprile o el que reveló hace unas semanas, en un podcast, Borja Vázquez, presidente de la firma de moda Scalpers: supera las 90 noches al año en el Bless Hotel de Madrid, al que considera una extensión de su propia casa.
Otra cara del fenómeno
Cuando el hotel es refugio, no capricho
No todos los casos de vida hotelera responden al lujo o la comodidad. El actor y humorista Quique San Francisco atravesó una situación así hace algunos años, ya superada: en una entrevista en Sábado Deluxe en 2019 explicó que sus problemas económicos de entonces le llevaron a perder su vivienda habitual y a instalarse en un hotel a las afueras de Madrid, una estancia que en principio iba a ser de solo dos semanas y acabó prolongándose bastante más de lo previsto. «Me fui yo antes de que me la quitaran, fui más rápido», explicó entonces, consciente de que las dificultades económicas ya eran evidentes antes de que llegaran a más.
El contraste entre ambos perfiles —el de quien elige el hotel por comodidad y el de quien lo hace por necesidad— retrata bien la doble cara de un fenómeno que, aunque suele asociarse al lujo, también puede ser síntoma de vulnerabilidad económica.
El fenómeno en el extranjero: de Marilyn Monroe al Hotel Chelsea
La tradición de vivir en un hotel tiene sus referentes más célebres en la edad dorada de Hollywood. Marilyn Monroe pasó temporadas en el Beverly Hills Hotel y también en el Hotel Roosevelt de Los Ángeles, donde se refugiaba cuando su estabilidad emocional flaqueaba; antes había vivido en el Lexington, recién casada con Joe DiMaggio. Elizabeth Taylor optó por su parte por el Bel-Air Hotel durante varios meses.
El Chateau Marmont, en Sunset Boulevard, es probablemente el hotel de estancias largas más mitificado de la Costa Oeste: Robert De Niro vivió en su Penthouse 64 durante un par de años en los ochenta, y Keanu Reeves siguió sus pasos residiendo allí cerca de cuatro años antes de comprar su primera casa. El matrimonio formado por John Travolta y Kelly Preston vivió una experiencia parecida en las Bermudas, en el Hotel Pink Beach Club, que llegaron a recoger en un libro publicado en 2011 sobre la vida hotelera de larga duración.
En Europa, la diseñadora Coco Chanel convirtió el Ritz de París en su residencia habitual pese a contar con un apartamento propio en la exclusiva rue Cambon: «El Ritz es mi hogar», llegó a declarar. Por sus salones pasaron también Ernest Hemingway, Marcel Proust —que escribió allí buena parte de En busca del tiempo perdido— y el matrimonio formado por Scott Fitzgerald y Zelda, cuya vida bohemia inspiró parte de la atmósfera de El Gran Gatsby. La soprano María Callas también hizo del hotel su refugio antes y después de sus actuaciones más importantes en el Palais Garnier.
En Nueva York, el Hotel Chelsea reúne probablemente la lista más larga de huéspedes de larga duración: Bob Dylan compuso allí el álbum Blonde on Blonde, y por sus habitaciones pasaron también Janis Joplin, Leonard Cohen, Stanley Kubrick y escritores como Mark Twain, Charles Bukowski o Arthur Miller. El hotel se vendió en 2011 y dejó de aceptar reservas de larga estancia desde entonces.
Por qué los famosos deciden vivir en un hotel
Más allá de los casos individuales, este estilo de vida responde a patrones que se repiten en distintos sectores. En el mundo del cine, es habitual que actores y equipos técnicos se alojen en hoteles durante meses mientras dura un rodaje fuera de su ciudad de residencia, sobre todo en producciones internacionales con localizaciones múltiples. En el deporte ocurre algo parecido: cuando un futbolista o un técnico ficha por un nuevo equipo, es frecuente que pase las primeras semanas —o incluso meses— en un hotel mientras decide dónde fijar su vivienda definitiva, evitando así una mudanza precipitada.
A estos motivos «de tránsito» se suma el argumento de la comodidad que defendió Caprile durante sus años de hotel y que sigue defendiendo Vázquez: un hotel de larga estancia ofrece limpieza, mantenimiento, seguridad y servicios incluidos sin necesidad de gestionar contratos de suministros, seguros o reparaciones, lo que para determinados perfiles —con agendas muy viajeras o sin tiempo para la gestión doméstica— compensa económicamente frente al coste total de una vivienda en propiedad o alquiler. Sin embargo, como demuestra el caso de Quique San Francisco, el mismo modelo de alojamiento también puede convertirse en la última red de seguridad cuando las circunstancias económicas obligan a renunciar a una vivienda propia.
Del Ritz de Madrid al Chelsea neoyorquino, la lista de quienes han hecho de una habitación de hotel su hogar es cada vez más larga y diversa. Lo que en la edad dorada de Hollywood era un símbolo de glamour se ha convertido hoy en una opción de vida legítima para determinados perfiles con alta movilidad, al tiempo que sigue siendo, para otros, la última puerta antes de quedarse sin techo. Dos caras de un mismo fenómeno que el auge del segmento hotelero de alta gama en España no hace sino visibilizar más.
Nota metodológica · Fuentes
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